La seguridad en una ceremonia de Ayahuasca comienza con un compromiso absoluto con la honestidad y la preparación del cuerpo. Existe una incompatibilidad funcional y química profunda entre la medicina ancestral y los fármacos psiquiátricos. Mientras que los antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos actúan para bloquear receptores y "bajar el volumen" a las emociones —buscando que la persona sea funcional ante el dolor—, la Ayahuasca opera en la dirección diametralmente opuesta: su propósito es "destapar", abrir y profundizar en el contenido del alma.
Consumir fármacos psiquiátricos genera a menudo un "gris emocional"; un estado donde el sufrimiento se amortigua, pero donde también se pierde la capacidad de sentir alegría, amor y plenitud humana. La Ayahuasca busca recuperar la totalidad de esos colores, pero para ello exige la valentía de tocar la herida para limpiarla. Por esta razón, es indispensable suspender cualquier medicamento con acción en el cerebro o las emociones por un mínimo de cinco días antes de la ceremonia. Dependiendo de la potencia del fármaco y el tiempo de uso, este periodo puede extenderse a dos semanas o incluso dos meses.
La capacidad de permanecer sin medicación durante los días previos es el principal indicador de preparación del participante. Si una persona no tolera estar sin el fármaco ni un solo día, significa que aún no tiene la capacidad de afrontar la contundencia de lo que la Ayahuasca revelará. En estos casos, la recomendación ética es terminar el tratamiento bajo supervisión médica antes de buscar la planta maestra, asegurando así que el individuo esté listo para recuperar su poder personal y su capacidad de decisión sin depender de sustancias que atenúen su sentir.
Participar sin haber limpiado el organismo no solo puede bloquear o distorsionar el efecto de la medicina, sino que indica una falta de disposición para asumir la responsabilidad total del proceso de sanación.